
Tener un talento innato, un alma muy profunda, o tomar substancias psicodélicas. Yo no sé qué es lo que tienen algunos artistas para que a la hora de desplegarse delante de los demás, nos emocionemos. Ayer escuché una canción de Silvio Rodríguez, era un directo. Se veía a la gente cantar y llorar a la vez. No fue por la canción (Ojalá) sino por lo que sentía el público cuando la escuchaba. Lloré. Puede que sea un fenómeno físico, he leído algo de eso, que al ver a otros llorar se desata un mecanismo que hace que tú llores también, pero no, no fue por eso. Cantan todos a la vez, un crescendo casi casi celestial que de repente pum! explota en mi habitación como si nada. Me subió un remolino de sentimientos desde los pies hasta la cara, y digo la cara porque enseguida me la noté acalorada y me tuve que echar las manos para tranquilizar los ojos que ya estaban húmedos. Y me pregunto... ¿qué tienen unos acordes de guitarra? Una letra, una voz. Es como la fe. No se explica, ni el mismísimo Shakespeare le encontraría palabras. Es algo que se siente, que se saborea, que se disfruta.
Y bueno, no se puede negar que el artista es el dios que hace que sintamos esa fe. Un artista, un Celeste. Y no es demasiado refutable esto que escribo, porque la música es de las pocas cosas que casi no conoce fronteras, que se propaga mundialmente. Todos somos melómanos, a todos nos reconforta escuchar esa melodía que nos lleva al séptimo cielo. Y yo tengo que decir, gracias Silvio por compartir ese amor tuyo.
Y gracias David, por todo lo que me das, y por todo lo que me has enseñado. En estos días, en los pasados y en los futuros, te quiero.
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